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Julieta Persefone
Buenos Aires - Argentina
"Tengo miedo cuando mis ojos parpadean. Miedo de que, durante ese segundo en que mi mirada desaparece, se deslice en tu lugar una serpiente, una rata, otro hombre."


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Escrito II



La ansiedad se alojó en el vacío que me proporcionó no recordar su cara con exactitud. Recordaba las líneas generales, sus gestos, pero no lo veía como una foto en mi cabeza.  A veces hacia el ejercicio de construirlo centímetro a centímetro. Empezaba por una mejilla, luego la nariz, la otra mejilla, pero nunca podía completar sus ojos. Se me ocurrió que si tuviera que hacer un retrato, al llegar a sus ojos buscaría un lápiz de punta prolijamente afilada, soplaria la hoja y me dedicaría a la tarea en la lucha por mantener el pulso.
Así empecé a crearlo en mi mundo. Todos los días me sentaba con hojas y gran variedad de lápices a intentar recrear sus ojos. Algunas veces temblaba con el lápiz en la mano y la hoja en blanco, como si estuviera en la mesa de un café y algo en la mirada del mozo me dijera que no siguiera esperando. Esa desesperanza que no se siente en forma directa, sino que se anuncia con algun hecho, elemento o personaje intrascendente: la mirada del mozo del cafe, el ladrido abrupto y ensordecedor de un perro, o mismo el dueño del perro. Esa desesperanza que es amarga y opaca, o mejor dicho, que aniquila al instante toda forma de la belleza que se le manifieste.  O será que estamos constantemente transmutando a mundos vecinos, y amamos y destruimos con la misma dedicación. ¿Existira, también, ese mundo fantástico, en el que mis costillas se desintegran y una bestia hecha de humo y algo gelatinoso viene a arrancarme los brazos y a jugar con mi cuerpo entre sus enormes y espantosos dedos, como quien sacude tontamente una lapicera mientras decide la frase siguiente?

Nunca fue tan real como en aquel sueño. Cómo quisiera volver al tacto húmedo y enfermo de su sexo, a la pesadez del aire, y nuestra unión, una alianza mas allá de las convenciones y lo estipulado, de todo lo jamás pensado entre dos seres. Cómo imploraria a aquella inmunda y terrorífica humareda gelatinosa que me arrancara brazos y piernas, si aquello servia para entrar en ese mundo nuestro y no salir jamás. Cómo deseo, de todos los mundos posibles, entrar en esa esfera de azul plateado, de aire caliente y denso, como si en verdad respirasemos el aliento de un gigantesco dragón; esa tierra seca y de color gris luna, anclándonos a ella con fuerza sexual; y su piel, la de su cara y sobre todo la de su sexo, hirviendo, palpitante, dando suaves latidos rítmicos que dejaban en evidencia que tenía allí una parte perdida de su corazón.

De golpe, me vi flotando en un estanque de agua podrida, con pétalos de flores recien nacidas.

Estamos descalzos. El dragón eyacula plata líquida y deja charcos en la tierra. Cada baño que nos damos en ceniza brillante es una suerte de sanación. La ceniza se acumula en altas montañas y allí nos revolcamos, deformándonos en el aire y recobrando la forma humanoide al pisar la tierra.


Estamos en la cama. Intento tocarte y mis dedos se funden con tu piel. Me derrito hasta desaparecer de la habitación. Pero no estoy muerta, estoy encerrada en tu cuerpo, aplastada entre tus organos, volviendo inútil mi existencia sorda y ultrajada.


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